A veces nos surgen miedos acerca de la transmisión de conductas agorafóbicas hacia nuestros hijos. Mostrar miedo cuando lo padezcamos… ¿es bueno o es malo? ¿les ayudará o les perjudicará en un futuro? Tenemos que tener presente que nuestros hijos e hijas el día de mañana serán personas independientes, y hemos de confiar que sus decisiones, respuestas y formas de enfrentarse a la vida no tendrán porqué ser las mismas que las que hemos tenido nosotros. No podemos cargarnos con toda la responsabilidad de su evolución, puesto que debemos tener claro que no vamos a ser los únicos modelos vitales influyentes. Además, el hecho de que la agorafobia sea algo conocido a través del seno familiar, lejos de dificultar y abogar por el aprendizaje de sensaciones de indefensión, puede que haga crecer en ellos una sensación de fortaleza ante lo ya conocido.

Desarrollar en nosotros sensaciones anticipatorias de naturaleza negativa, hace que nos comportemos de diferente manera a si naturalizamos el proceso y lo presentamos tal cual es, ni mejor ni peor. Si no paramos de darnos mensajes negativos ante la idea de mostrar miedo, o no, a nuestros hijos, haremos que la agorafobia se observe bajo un prisma de tensión e incomodidad, de desconocimiento. Dicho esto, aunque no podamos afirmar cómo se van a desarrollar los acontecimientos, puesto que no tenemos capacidades adivinatorias… ¿por qué no pensar más bien que mal? de tal forma que sopesemos los beneficios de dejarnos llevar por un proceso conocido (mejor que desconocido), natural (sin aportar matices de rareza y exclusión), en el que podamos demostrar más adelante que se puede superar, más que mostrarles que es algo perpetuo.

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La única transmisión de conceptos que resulta importante es que padecer agorafobia no es algo que nos enquiste para siempre, sino que es como muchas otras cosas que pueden pasarnos en la vida: es algo temporal que se puede modificar con esfuerzo, dedicación y compromiso. Pero para darles ese mensaje a nuestros pequeños, y a la gente que nos rodea, hemos de tener presente que somos nosotros mismos los que primero hemos de creer en su veracidad; por ello, resultaría muy interesante que cada uno se tomase un tiempo para pensar acerca de cuál es el concepto que, a estas alturas del proceso, tiene en mente. ¿Qué significa para nosotros ésto? ¿cómo lo valoramos? y según nos respondamos ya sabremos lo que transmitiremos o no, independientemente de los mensajes contradictorios o los esfuerzos que realicemos por transferirlo de otra forma, así es como les llegará a los demás por nuestra parte. No intentemos mentirnos, disfrazar o desnaturalizar las cosas, no nos compliquemos más de lo que ya lo hacemos, valoremos los aspectos beneficiosos de los diferentes enfoques y posibilidades sin acogernos a unos ideales catastróficos.

Se trata, una vez más, de tolerar la incertidumbre como mejor sepamos, intentando poner en práctica nuestro lado más sano, para con nosotros mismos y los demás.

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